Pequeñas cosas de gran utilidad

En mis largas caminatas frecuentemente encuentro en el piso unos canutitos de madera rellenos con grafito generalmente negro, a veces de colores, al verlos me domina el impulso de levantarlos y automáticamente me transportan al mundo de los pensamientos de los que difícilmente puedo abstraerme. Se trata de humildes elementos llamados lápices, que me remontan angelicalmente a mi edad escolar, este fue la primera herramienta que me ayudó a salir del mundo de la oscuridad, la ignorancia. Y mientras lo estoy llevando al bolsillo (porque jamás podría tirarlos), a mi mente se le ocurre darles vida y recuerdo, algunos poco o discretamente usados, otros que con más suerte, fueron fieles a sus amos por más tiempo y prestaron valiosos servicios –o cayeron en manos de obsesivos del sacapuntas – y lucían más cortitos; pero los que realmente me deprimen son aquellos casi nuevos, sin uso, que solo vieron la maravillosa luz del día y no pudieron pronunciar palabra. Quizás estaban destinados a llevar, al futuro, grandes sueños o cálculos exóticos o escribir los más bellos versos de amor jamás pronunciados, pero el destino les jugó una mala pasada y los depositó ahí, en esa pálida vereda aguardando su sombrío final, anónimos sin haber pronunciado nunca palabra de sentencia o de amor reconfortante.

Y me trajeron a la memoria, aquellos lápices fluo marca Conté (que no existe actualmente) que me regalaba la hija de una paciente muy anciana a quien visitaba en su domicilio para realizarle algunos controles, dado que estaba postrada y al negarme a cobrarle se sentía obligada a retribuirme con algo, sin entender que yo ya estaba pago con el gesto y más aún por permitirme entrar a su casa. Pensar que un par de años después también esta hija y su esposo fueron mis pacientes cuando se jubilaron y alguna vez también fui a ver a alguno de ellos hasta que les falle porque quien se jubiló fui yo.

Y acá viene la parte trascendental de tan variadas vivencias a lo largo de 37 años de profesión; porque dichas pinturitas estuvieron siempre presentes sobre mi escritorio y jamás escaparon a los ojitos siempre curiosos de mis pacientitos, en los tiempos que era médico de ambas especialidades: pediatría y geriatría, hasta que obtuve mi tercera especialidad y había sido la primer concepción de mi tarea como profesional : Médico generalista y de familia, que entiende al padeciente no como un enfermo sino como un ser humano que en el transcurrir y negociar con la vida va acumulando problemas que pueden ser de salud o no pero terminan produciendo una enfermedad y por lo tanto pasan a integrar una lista de problemas de lo que deberé ocuparme inmediatamente; o luego, si en vez de ser para una pronta solución, porque consultó por fiebre, dolor, etc. detecté trastornos de angustia o de exceso de peso, o sedentarismo o adicciones, etc. Entonces como estaba relatando esos pequeños grandes curiosos se iban de boca a los colores fluo y yo les proveía una hojita y los susodichos lapicitos y sentándolos en mi rodilla me permitían examinarlos y fundamentalmente auscultarlos sin llanto alguno y así mis pacientitos se iban y volvían siempre con una sonrisa sin siquiera saber que esa experiencia es habitualmente muy traumática para los chicos.

Pensar que esto mismo traspolado a nuestros días me hubiera significado algún dolor de cabeza por supuesta pedofilia o abuso infantil por haberse perdido por completo el contexto de lo sagrado que es una consulta médica en que el profesional tiene que resolver un problema que involucra ni más ni menos que la vida y el futuro del padeciente con los escasos medios que se cuentan en un consultorio de barrio y de acuerdo a la interpretación del cuadro médico y su posible diagnóstico en el relativo breve tiempo de una consulta. Pero resulta que en mis muy atípicas consultas siempre incluían en el interrogatorio el nombre de la mascota, entonces se le distendía el semblante y me hablaban se su perro, gato, canario e incluso caballo al principio; entonces yo le iba preguntando las características particulares del animal y marcaba esos rasgos especiales con las famosas pinturitas, le escribía el nombre de ese ser tan querido y pese a que lamentablemente el creador no me dio la menor dote para el dibujo yo le mostraba el dibujo y con los ojos humedecidos me decían :¨Mi Chirusita ¨!!! o el nombre que fuere y con tan simple gesto había derretido el famoso hielo que suele haber entre médico y paciente; porque la mascota siempre está y es incondicional y en cambio la relación con sus parientes cercanos puede estar deteriorada o peor aún si sus seres queridos ya no están y el consecuente estado de ánimo negativo , y en cambio de este modo con solo mirar el dibujito y preguntarle por su mascota por el nombre se genera una relación especial e indestructible.

También usaba estas pinturitas para resaltar con diferentes colores cuándo había pedido la última rutina o el seguimiento de determinada patología según el código de colores que me había creado, Diabetes amarillo, patologías crónicas azul etc.para dar algún ejemplo práctico. En fin; todo esto es parte de lo que un viejo maestro querría legar a sus discípulos con la intención de ser superado por éstos, así como sugerirle a mis colegas jovencitos que continúen con el club de caminantes que tuve la suerte de crear y ser acompañado por mis pacientes por muchos años, hasta el Parque Alem y allí realizar ejercicios físicos guiados por el profesor Pablo Salvagno (Pali) a quien estaré siempre agradecido por su colaboración, totalmente ad honorem, para luego volver también caminando y tomando mate. Como también tuve la suerte de haber contado con la hermosa y generosa Vecinal Empalme Graneros para desarrollar en la Biblioteca el Cine debate a la canasta totalmente libre y gratuito y luego también el Teatro debate a la canasta y el Foro Permanente para la Salud de Empalme Graneros.

Estoy seguro que hay muchos profesionales de la salud en sus diversas ramas que entienden las aristas extracurriculares para trabajar por una salud integral y en algún momento según sus posibilidades tomarán la posta, como yo por pura casualidad tome la del Dr. Piano que fue un pionero de muchas de éstas cuestiones y por casualidad o causalidad tuvo su consultorio en la que hoy es mi casa y también fue mi consultorio.

Dr. Daniel Gurevich
Director del Centro de Médico
de la Vecinal Empalme Graneros

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